Rodolfo se despierta de su letargo sueño que, como se sabe, todo mortal ha de adorar siempre. Se levanta, se cambia, toma su desayuno y parte rumbo a su trabajo. Es una mañana tranquila para él, pues vuelve de unas merecidas vacaciones a laborar. En el transcurso del camino, se para en un puesto de periódicos cerca a su hogar para observar qué hecho noticioso se debe enterar antes de empezar el día. Hay gente que mira detenidamente. Le resulta inquietante que puede traer tanto interés. Decide sumarse a ese grupo de mortales. Lo que ve es espantoso.
“Mujer fue masacrada por su pareja”, con la imagen de la afectada. Su mirada se horroriza. “Bomberos murieron y nadie les da pensión”. La indignación palpita sus pupilas. Quiere escapar de allí, pero “Gobierno en la cuerda floja por casos de corrupción” no le permite. La decepción lo embarga, una vez más. “Selección tiene chance de ir al Mundial”, le enoja que traten de vender una ilusión falsa. Y, por último, “bailarina sale con jugador de fútbol” en primera plana, le jode que la vida ajena de NN es más importante para la gente que otros problemas prioritarios del país.
Entonces, se va de aquella esquina popular de su barrio. Mientras camina, dos sensaciones se apoderan de él. Uno, rabia. Dos, decepción. En casi 10 años de vacaciones, se desconectó de todos los medios de comunicación posibles, a pesar de ser un fanático empedernido de las redes sociales, para no ver ese tipo de noticias que se encontró a primera hora del día. Por eso, se tomó su descanso de una década. En el camino al trabajo, aborda una combi para poder llegar más rápido a su centro de labores. Quiere pensar. Reflexionar. Plantearse interrogantes y luego respondérselas. En su trayecto, se encuentra con un tráfico tremendo. Los carros se meten como sí nada. Los choferes y cobradores generan la informalidad y no respetan nada. Ni el semáforo puesto. Había oído sobre un by-pass pero resulta que es inservible. No ayuda para nada.
Luego, con la mirada puesta a la ventana y la impaciencia brotandole. El cobrador le habla para que pague su pasaje. Le da una moneda de cinco soles. Su trayecto cuesta 1.00 S/. Pero para el otro personaje, no. Rodolfo recibe su pasaje y ve que le falta 0.50 céntimos. Le llama al cobrador que falta. Este, en cambio, le retruca. “El pasaje es 1.50 S/, amigo”, dice. “No, después de tiempo que vengo al Perú, me he informado que de la avenida tal a la otra es 1.00 S/, señor”, le responde. Por último, el cobrador termina con una respuesta digna de la criollada peruana. “No es mi problema, causa. Para que no vives en el Perú. Ese es mi pasaje y sí quieres baja en el siguiente paradero”, culmina. La conversación informal, acaba.
Se resigna a esa respuesta. No quiere problemas con nadie, pues le resulta suficiente lo que ha visto en los diarios. En ese trance de olvidarse de tal episodio con el “trabajador” de ese carro. Sube un niño para poder cantar y ganarse unas monedas. Presenta unas fachas lamentables. “Esta desnutrido”, dice Rodolfo. El show del pequeño empieza y termina sin pena ni gloria. La indiferencia en su plenitud real. Nadie lo escucho, salvo el protagonista de este relato. Le dio una moneda y, mientras veía cómo el niño bajaba del bus, un pensamiento rondó su mente. ¿Por qué pasa esto? Se percata que no avanza su carro. “No puedo esperar más, me bajo”, agrega . Se baja rápido y decide caminar para poder llegar a su trabajo.
En el trayecto ve a una mujer agazapada con sus hijos en un puente cercano a su centro laboral. Pide con un letrero que no tiene para comer. Observa su sombrero y tan solo tiene tres monedas de un sol. “Esta mujer no puede quedarse así”, se dice. Por lo que le dio 20 soles para que pueda alimentarse. Rodolfo se va, pues tiene que llegar al trabajo. Antes de irse, voltea para ver esa imagen que no había visto en años. La necesidad en su máxima expresión. La desigualdad de ver una sociedad, donde se benefician unos, pero empobrecen otros.
Sigue su camino. Mira su reloj con detenimiento. Tiene cinco minutos para llegar al trabajo, después de diez años. Su estancia en Lima recién se ha dado, pues, desde que renunció a seguir en su profesión, tomó la decisión de vivir afuera. De enrolarse en proyectos audiovisuales que tengan temáticas sociales. De eso vivió feliz. Pero, no iba a durar toda la vida. Por ello, entendió que tenía que volver.
Llega a su trabajo. En el ascensor piensa cómo será el reencuentro con esta profesión a veces querida y odiada. Entra a las instalaciones. Lo primero que hace es reconocer sí es que se mantiene la misma gente que trabajó con él, hace una década. “Nada ha cambiado, creo”, dijo. Se sienta en su escritorio. Mientras prende su computadora, ve cómo un chico llega tarde y nadie le dice nada. “Uno pasando penurias y este llega diez minutos tarde”. La impuntualidad le provoca irritación en Rodolfo. Salvo que sea una característica del peruano.
Después, un amigo de antaño lo saluda. “Oye, Rodolfo ¿Qué tal ? Después de 10 años, vuelves por por acá”, le menciona. “Todo bien. Parece que nada ha cambiado”, le responde. Ese cruce de palabras con su conocido, se interrumpe. La secretaria del jefe llama: ¡Rodolfo Guerra, por favor acercarse a la oficina del señor Mendieta! Se acerca y entra a la oficina de su jefe. “Qué gusto verte muchacho. Se extrañaba tu estilo por aquí”, le dice su superior. “Un gusto señor Carlos. Dígame, en qué puedo ayudarle”, responde.
El jefe se acomoda en su escritorio. Saca sus anteojos para poder empezar la conversación. Rodolfo lo observa, de manera detenida. “No ha cambiado en nada este tipejo”, piensa. Empieza las palabras de su interlocutor y él. “Mira, tenemos información confidencial de que el presidente tiene una orientación medio chueca”. ¿Cómo chueca, señor?, replica el protagonista de este relato. “O sea que es homosexual”. Los ojos del protagonista se abren ante el asombro y continua el dialogo.
“Entonces qué quiere hacer”, dice Rodolfo. “Mira, podemos utilizarlo como una especulación. Tú sabes o te percataste. Nosotros como empresa estuvimos en contra de su victoria. Apoyamos a su rival. Por eso, podemos utilizarlo. Además, sería sacarlo del closet”, culmina.
Lo que acaba de escuchar es suficiente. “Encima que quiere ventilar algo privado. También desea el rechazo hacia una persona por su orientación sexual diferente. Este tipo es un homofóbico, canalla y racista”, dice Rodolfo.
Se para. Su jefe lo mira con la expresión de que aceptará este encargo, en su retorno al periodismo. Pero, se encontró con estas palabras. “Señor Carlos. Estuve diez años fuera del periodismo. Me retire en una época, donde si bien ganaba bien y era reconocido, debido a que me harte de ese tipo de prácticas de dar especulaciones, mostrar la vida ajena, incentivar el regocijo ante la desgracia ajena. Denotar odio. Por eso, me fui y también me iré en estos momentos. Gracias por la oportunidad, pero deseo irme. Mis principios están primero, como se lo dije la última vez que nos vimos hace una década”, culminó.
El apretón de manos fue lo que hizo Rodolfo. Salió del diario. No tomó carro y se fue caminando. En su recorrido dijo: “Parece que el periodismo no ha cambiado. Sigue mostrando esas realidades miserables de los peruanos, donde hay muerte, corrupción, chismes, falsa ilusión y por doquier”. Mientras camina, él se promete no volver más a ese medio y dedicarse a lo que hizo estos 10 años: realizar proyectos audiovisuales con temáticas sociales, con el fin de ayudar a gente que menos tiene. Porque ese fue su fin al graduarse en la universidad.
Utilizar al periodismo como un bien para otros y no para destruir por dinero. Regirse a los principios que su padre, una vez en vida, le dijo: “Una gran don, merece comportarse con una gran responsabilidad”, le decía ahora que esta en el cielo. Y así fue y lo cumplirá siempre para seguir mostrando por sus trabajos audiovisuales estas realidades peruanas que se ven hoy. Y que muchos no desean saber.
source http://segundoenfoque.com/realidades-peruanas-41-284175/
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